Historia del vino

La historia del vino es hablar del mismísimo origen del hombre. Parece lógico que el homo sapiens primitivo, en su época sedentaria, al igual que guardaba el ganado para no tener que ir a cazarlo, almacenase frutos en vasijas de barro para los tiempos duros. Entre estos frutos estuvieron las uvas. También es lógico que el jugo de las uvas fermentara en la oscuridad de alguna cueva, y surgiera, de forma totalmente casual, el vino, y con el una forma importante de civilización.

Por lo tanto, el vino no es un invento como tal, sino más bien el producto resultante de un accidente.

¿En qué lugares aparece el vino por primera vez?

En Asia Menor, en las regiones cercanas al Mar Caspio y Negro, aparecen los primeros vestigios de viñas y viñedos unos 12.000 años a. de C., según lo prueban los fósiles de hojas y sarmientos.

En China, no sólo conocían el vino, sino que en el año 2285 a. de C. ya lo habían reglamentado, puesto que estaba severamente penado mezclar vino de uva con vino de arroz.

Los relieves de la ciudad de Ur, en Mesopotamia, el actual Irak, y las pinturas y papiros egipcios, ya lo ponían de manifiesto hacia el año 2000 a. de C. En esa época ya se conocía la célebre cepa denominada hankomet de donde se obtenía vino para el faraón y que se utilizaba para los ritos fúnebres. También clasificaban sus vinos, con nombre, procedencia y hasta el comerciante que los vendía.

Los griegos, con su expansión y comercio, llegan a Itálica, Iberia y norte de África. De esta forma descubren los egipcios que el vino griego era mejor. Guardaban sus vasijas y conservaban en ellas sus vinos durante más de 20 años ya que impregnaban las ánforas de barro, con aceite y las hacían impermeables. También sellaban sus anchas bocas con tapones de madera lacrados con yesos y telas.

Herodoto nos hablan no sólo del vino en Grecia sino en Persia, donde era utilizado además de las fiestas, en la política y transacciones comerciales.

Los primeros maestros viticultores: los romanos

historia del vino romano

Los romanos son los verdaderos artífices de la propagación y maestría de la viticultura moderna. Son ellos quienes exportarán a las Galias, Hispania, Lusitania y a toda Europa y Norte de África las técnicas vitivinícolas.

“Gracias al vino, decía Plinio el Viejo, el hombre es el único animal que bebe sin tener sed.”

Sin embargo, son los galos, nuestros vecinos franceses, quienes aportan primero la barrica o barril de madera, lo que revolucionará el vino y su conservación, a pesar de que las utilizaran para guardar en ellas su cerveza. Se cuenta que Julio César en su campaña de las Galias, se llevó como motín de guerra, barricas para sustituir a sus frágiles vasijas de barro.

Los romanos ya celebraban anualmente la fiesta de la vendimia. El primer mosto de las uvas era mezclado con miel para obtener el mulsum, muy similar al hidromiel. El resto se guardaba para que fermentara en sus tinajas de barro.

Es en esta época donde aparece el bodeguero, que se encargaba de añadir sustancias al vino tinto para aclararlo, ya que los vinos blancos eran los más apreciados. Añadían hierbas para dotarles de aromas o guardaban parte de la cosecha en ánforas durante 15 o 25 años para que el vino madurase.

¿Cuándo llega el vino a España?

Aunque en Hispania ya existía cierta cultura viticultora, sobre todo en la zona de Turdetania, el país de los Tartesos (actual región Bética), anteriormente al siglo VI a. de C., como atestiguan las monedas encontradas con racimos de uva y las inscripciones de vinus gaditanus, encontradas en ánforas hundidas en el mar y los historiadores Estrabón, Silvio Itálico, Plinio y otros, confirman lo dicho anteriormente. Son los romanos quienes implantan, cultivan y ordenan los viñedos.

La historia ya nos dice que los romanos ya distinguían varios tipos de uva como la aminta (para el vino blanco), de la uva apiana y la cocolobis (vinos dulces) y designaban a sus vinos tintos como roseum y a los blancos como amineum. Al vino obtenido de uvas pasas se le llamaba passum.

En Lacetania, la actual zona de Barcelona, se producía vinos. Se llegó a producir y exportar tanto vino hispano a Roma que el propio Emperador Diocleciano, tuvo que intervenir para no dañar el comercio del vino local italiano.

Con la caída del Imperio Romano, los visigodos conservaron los viñedos y fueron buenos consumidores de vino y cerveza, la cual también conocían con anterioridad. Según el libro de la Etimologías de san Isidoro de Sevilla, en el siglo VII se catalogaban hasta 23 tipos de vinos diferentes, sólo en la parte sur de la península ibérica.

Los árabes y el vino

alambique

Con la llegada de los árabes se aprendieron muchas cosas. Palabras como alcohol (al kuhul) y alambique (al embic), pertenecen a ellos. Debido a que el Corán prohibía tomar vino, se llegó a temer por la pérdida de los viñedos, pero no fue así. Cocían el mosto de las uvas y obtenían un jarabe, llamado arrope (el rubb), que mezclaban con agua y que además de refrescante no emborrachaba.

También se tomaba vino en las tertulias restringidas de tipo cultural, como lo demuestran versos y canciones arábico-andaluzas de la época.

El alcohol destilado era utilizado para fines farmacéuticos y terapéuticos. Se ha sabido recientemente que muchos nobles y sultanes morían de cirrosis, lo cual confirma que el vino circulaba con facilidad en las altas esferas sociales.

El primer exportador de vinos a América: Cristóbal Colón

En torno el año 1238, el catalán Roger de Flor trae de Italia las variedades garnacha y malvasía, implantándolas en la localidad de Sitges. En 1487 y en los preámbulos del viaje de Colón, los Reyes Católicos crean en Málaga la primera Hermandad de Viñeros de España. De esta forma los cosecheros de Jerez, no tardaron en conseguir de las autoridades el permiso para poder cargar en las naves, con destino a América, “un tercio de la carga de los buques con frutos de la tierra”. Poco después matizarían “que un quinto de la carga de los buques, fuese vino”.

Los cosecheros andaluces fueron los primeros beneficiarios de la exportación. En 1583 el Cabildo de Jerez de la Frontera, dicta las primeras reglamentaciones de vinos y pasas. Los vinos de Cabra, Lucena y Montilla, en Córdoba así como los aloques elaborados en Sevilla, son ya conocidos.

En 1595 Felipe II prohibiría la implantación de viñas en México y más tarde en otros países, dado el auge que allí tuvo y que pondría en peligro la producción española. En tiempos de la colonización progresaron los caldos de Alcalá de Henares, la antigua Compluto, Cebreros, San Martín, Alquivias y Yepes, denominados vinos de la corte, por su proximidad con la residencia real, y que fueron, además de protegidos, ensalzados nada menos que por Gonzalo de Berceo, Jorge Manrique, Miguel de Cervantes, Tirso de Molina y Lope de Vega.

En 1566 aparece en Mendoza el vino de Pedro Guelenguele. Más tarde, con las misiones de los jesuitas se inicia la plantación de viñedos en el noroeste de Argentina y Paraguay con casi 600 hectáreas de uva.

Se inicia en los siglos XVII y XVIII una nueva etapa en la historia del vino, con el perfeccionamiento de las técnicas de elaboración y conservación. Los vinos de Borgoña, Burdeos y Champaña (Francia) adquieren fama mundial, gracias, en parte, a los comerciantes del norte de Europa. También se comienza a usar botellas de vidrio para su conservación y se inventa el tapón de corcho. El monje Dom Pierre Pérignon descubre por accidente, cómo elaborar el vino espumoso en la región de Champagne, el famoso método champenois.

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